EL HOMBRE IDEAL
Pequeña y fea, de cara ancha, pálida, cabello ondulado pero descuidado, frente estrecha, cejas despobladas, ojos grandes y negros; nariz gruesa, boca torcida, dientes salientes, mejillas hinchadas, orejas pequeñas, piernas huesudas y voz chillona.
_ Mucho gusto señora _ le dije hipócritamente, pero sólo podía pensar en salir corriendo de ese lugar y no volver jamás.
Para colmo, ni siquiera me contestó, solamente me miró de pies a cabeza y se volteó.
Yo esperaba que mi hombre ideal reaccionara para manejar la situación, pero cuando lo miré estaba más paralizado que yo y casi temblaba.
_ ¿En qué trabaja niña? _ me preguntó despectivamente y sin mirarme.
_ Soy enfermera señora_ le contesté.
_ Entonces por eso se conocieron_ murmuró entre dientes.
No pude contestar porque me quedé sorprendida al mirar una pared de la habitación, completamente empapelada con fotografías de mi hombre ideal desde que había sido un bebe, el primer año, el segundo, los cumpleaños, el primer día de escuela, en el colegio y hasta de adolescente en calzoncillos.
Sentí que empezaba a sudar cuando vi sobre la cabecera de la cama un poster de mi futura suegra y mi hombre ideal abrazados y con unas letras que decía:
“Juntos por siempre”.
¿Qué? ¿Juntos por siempre?...
No lo podía creer aquel médico, alto, moreno, ojos claros y de cuerpo musculoso que según yo era perfecto, estaba sentado en las piernas de su mamá como un niño pequeño. Y yo como estúpida mirándolo.
Me sentí decepcionada o mejor dicho aliviada, sólo podía imaginarme a mi suegra en las fotos de la boda, viviendo en la casa y hasta a mis amigas comentando que mis hijos se parecen a la “abuelita”.
Fueron unos segundos, pero para mí casi una eternidad.
Salí despacio para no interrumpir su momento de mamitis consumada.
Estoy llegando a pensar que el hombre ideal… no existe…


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